domingo, 7 de agosto de 2011

Dans les devenirs estompés de la mort En el difuminado devenir de la muerte

Pintura de Alida Miiti

Dans les devenirs estompés de la mort
là où chaque monde n'appartient qu'à un être
où ensemble signifie un choix d'infinitudes
je m'oublierai du corps et de l'âme de la vie
pour ne plus faire partie de la matière du monde
et pour l'éternité n'être autre
que sereine compagnie
de l'univers entier depuis mon univers
si parallèle au tien
que nos destins, amour, n'auront qu'à se croiser
ici ou au-delà
ensembles ou séparées
pour toucher à jamais l'éternité parfaite


En el difuminado devenir de la muerte
dónde cada universo pertenece a un ser
dónde juntos implica elegir infinitos
olvidaré el cuerpo y el alma de la vida
para ya no ser parte de la materia aislada
y convertirme sólo en comapañía leve
del universo entero desde mi universo
tan paralelo al tuyo
que nuestros dos destinos
sólo podrán cruzarse
aquí o más allá
juntos o separados
para formar, amor
la eternidad perfecta
dónde late la muerte
sin tiempo y sin lugar.

jueves, 4 de agosto de 2011



Henri Matisse
Amapolas y lirios I y II
Primavera de 1912
2 paneles, óleo sobre lienzo, 110 x 45 cm
Le Cateau-Cambrésis, Musée départemental Matisse, n.os inv.  2002-1-1 y 2002-1-2

Procedencia: Compra en 2002 con la colaboración del FRAM, la Fundación Mercian (Japón) y el legado de Lydia Delectorskaya
Bibliografía: Schneider 1984; Matisse et l’Italie 1987; Le Maroc de Matisse 1999; Szymusiak, Beaudouin, Vouters y Macarez 2002; Matisse-Derain  2005-2006


Matisse llega a Tánger el 29 de enero de 1912 y permanece allí hasta mediados de abril pintando paisajes y naturalezas muertas, inicialmente por encargo del coleccionista ruso Morossoff. Regresa en octubre del mismo año y se queda hasta mediados de febrero de 1913. El pintor va a Marruecos en busca de una luz diferente de la que ha conocido al borde del Mediterráneo, incitado por Marquet que vivió allí el año anterior. Busca condiciones de luz que permanezcan estables entre una sesión de pintura y otra con el fin de poder pintar con la presencia constante del sol. Persigue una naturaleza que le lleve al color puro y le permita superar los descubrimientos del fauvismo. «He encontrado los paisajes de Marruecos exactamente tal como se describen en los cuadros de Delacroix y en las novelas de Pierre Loti. Una mañana en Tánger, montando a caballo por una pradera, las flores llegaban hasta la boca del caballo. Me preguntaba dónde había conocido antes una experiencia similar –fue leyendo una inscripción de Loti en Au Maroc»[1]. Matisse pinta y dibuja en el espléndido jardín de villa Brooks donde, según dice, «las flores le hacían estremecerse de alegría»[2]. Los jardines marroquíes son lugares de paz donde la belleza de las flores y de los árboles le inunda de emoción. «A pesar de la lluvia −escribe a su hija Marguerite el 31 de enero de 1912− el tiempo es muy agradable y todas las flores han florecido, enredaderas de campanillas, heliotropos, capuchinas y otras»[3]. Los paisajes de Marruecos le aportan un mundo paradisíaco que traducirá en sus lienzos y del que dará testimonio en sus cartas a sus allegados. «He vuelto a ver el jardín de Bronx [Brooks]. Es muy bonito, las enredaderas blancas comienzan a florecer, las praderas están esmaltadas con las flores amarillas que tu conoces, las acacias están en flor, es primavera»[4].
Las cartas a sus amigos pintores traducen lo que él absorbe de la naturaleza marroquí: «Ha llegado el buen tiempo, ¡qué luz fundida, nada que ver con la Costa de Azur y la vegetación de Normandía en cuanto a ardor, pero qué decorativo! ¡Qué nuevo también, qué difícil trabajar con el azul, el rojo, el amarillo y el verde...!»[5]. Y a Camoin: «Después de haber visto llover durante 15 días y otras tantas noches, disfrutamos de buen tiempo y de la vegetación que es absolutamente exuberante. Me he puesto a trabajar y no estoy demasiado descontento, aunque es muy difícil, ya que la luz es sumamente suave, es completamente distinto del Mediterráneo»[6].

Los dos paneles Amapolas y lirios son composiciones de flores ligeramente pintadas que dan prioridad a los tonos francos trabajados de manera uniforme y regular. El tema de las flores es recurrente en la obra de Matisse. Pero estos dos lienzos que llevan al color puro a apartarse del contexto figurativo, traducen las búsquedas características del periodo marroquí. Al utilizar los colores de las flores sin delimitarlos por un contorno, sino rodeándolos de un espacio no-pintado como hacía Cézanne, Matisse los bosqueja liberándolos del dibujo. No llenan un espacio conforme a un trazado, sino que se bastan a sí mismos ligándose a los tonos cercanos en los que se incrustan. Ambos paneles son variaciones libres sobre el color. Los pétalos rojos de las amapolas destacan sobre el marrón y el verde. Se juntan con flores indefinibles amarillas y rosas. Los lirios son azules y rojos montados sobre tallos verdes, y liberados del fondo casi negro gracias a los contornos en reserva que dejan vacíos blancos. Matisse, maravillado por la profusión de las flores pintó un ramo de lirios sobre fondo negro tan pronto como llegó[7]. En Marruecos, conciliará por primera vez la estética decorativa y la pictórica. Su adaptación del arte islámico le ofrece la posibilidad de jugar de nuevo con el papel decorativo del color. Además, en sus maletas traerá una caja de baldosas de cerámica y baúles de tejidos y trajes cuyos colores y motivos le encantan. El formato oblongo de ambos lienzos indica que Matisse los destina a componer paneles decorativos y su aparente inacabado demostraría que son los primeros esbozos de los cuadros reservados a Morossoff. El esbozo no es un croquis ni un estudio rápido, sino la ordenación de las ideas, el soporte de la emoción que subyace a la obra, tal como Matisse explica a Clara T. MacChesney ese mismo año: «Para hacer un esbozo, utilizo siempre un lienzo de las mismas dimensiones que la pintura definitiva y comienzo siempre por el color. Con los grandes lienzos es más cansado pero es más lógico. Es posible que tenga el mismo sentimiento que el que sentí al principio, pero carece de seguridad y de sentido decorativo. No retoco nunca un esbozo; cojo otro lienzo de las mismas dimensiones y a veces retoco un poco la composición. Pero me esfuerzo siempre por dar el mismo sentimiento y profundizar en él»[8]. Estos cuadros de flores no han conocido una versión definitiva salvo que el pintor los haya considerado obras terminadas.
«Estos dos lienzos −escribe Pierre Schneider− forman un díptico de paneles decorativos sin por ello sacrificar nada de su apariencia realista: doble icono dedicado a esos frágiles canales, los tallos de las flores, a través de los cuales naturaleza y pintura se comunican mutuamente, milagrosamente»[9].

Dominique Szymusiak



[1] Fourcade 1972, p. 117.
[2] John Elderfield en Matisse au Maroc, p. 201.
[3] Pierre Schneider en Matisse au Maroc, p. 26.
[4] Carta a la señora Matisse, de 6 de abril de 1912, Archivos Matisse, París.
[5] Carta a Manguin, Archivos Manguin, en Matisse au Maroc, p. 22.
[6] Carta a Camoin, Archivos Camoin, Matisse au Maroc, p. 22.
[7] El jarrón de lirios, óleo sobre lienzo, 118 x 100 cm, San Petersburgo, Museo Estatal del Ermitage.
[8] Clara T. MacChesney, «A talk with Matisse», 1912, en Matisse au Maroc, p. 221, nota 45.
[9] Matisse au Maroc, p. 29.

miércoles, 3 de agosto de 2011

La Violación del imaginario de Aminata traoré (Traducción de Gregoria Gutiérrez Oliva)

   Es común sentir la voz de ciertos analistas y politólogos que, investidos de una capacidad tan visionaria como desacomplejada, responsabilizan exclusivamente a los gobernantes africanos del penoso estado de sus naciones y, en consecuencia, exoneran del todo a los estados colonialistas. Quizás tengan una pizca de razón. Pero, puesto que tales estados todavía permanecen íntimamente amorrados a sus viejas colonias (injerencia política, extracción de recursos naturales, etc.), más que dictar su veredicto destilado de una hipotética razón práctica, estos estadistas de medio pelo parecen sufrir una suerte de hartazgo argumental, como si acusar a la metrópolis fuese algo tan obvio y manido a la vez, que deviene estéril para sus sesudos análisis. Tal vez se trata de un efecto colateral derivado de una vida entregada a los libros y las separatas, inocuo por lo demás en aquellos que, como Aminata Traoré (Bamako,1947) extraen sus conclusiones de la lucha diaria y de sus experiencias sobre el terreno. ¿De qué sirven los políticos de raza o las democracias emergentes si las economías respectivas de sus países están asfixiadas por la deuda externa y amordazadas por los programas de ajuste estructural? He aquí el “cansino” diagnóstico que vertebra el conjunto de ensayos reunidos bajo el título de “La violación del imaginario”. Hasta hace muy poco, la mayoría de occidentales identificaba el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial con oscuras y lejanas entidades que hacían negocio con los países ruinosos del hemisferio sur. Gracias a la crisis económica que asola a medio mundo, al menos griegos, portugueses e irlandeses, sufren hoy en sus propias carnes lo que representa doblegarse a estas entidades e hipotecar su país “in saecula saeculorum”, ceder el mando a tecnócratas y, sobre todo, perder el derecho a pensar y decidir libremente su propio futuro, privación capital que no se cansa de denunciar la activista maliense. Quién sabe si esta crisis que está “africanizando” algunos estados de la comunidad europea, servirá para remover conciencias y para asumir de una vez para siempre que vivimos bajo “un sistema económico mundial enfermo de bulimia…”. Pocos avances en este sentido pueden esperarse de la esfera política, aun menos de la económica, por lo que sólo restan los movimientos sociales, y estos hacen lo que pueden, que no es poco. Seattle constituye el referente por antonomasia, sostiene Traoré, sin duda revigorizado por las actuales revueltas árabes. La jodienda es que haya que esperar a que una sociedad sea denigrada a punto de muerte para que sus gobernantes se vean impelidos a huir por la puerta trasera o se presten a linchamiento público.
Pero si cada día resulta más difícil combatir estos entes financieros desde el activismo y el asociacionismo (selección de parajes aislados para la celebración de sus reuniones y cumbres que impidan el acceso a manifestantes, acordonamientos con la mediación del ejército), también se antoja complicado hacerlo desde la política activa por mucho que ésta disponga, presumiblemente, de los instrumentos adecuados. Aminata Traoré fue Ministra de Cultura y Turismo de Malí entre 1997 y 2000, bajo la presidencia de Alpha Omar Konaré y de Ibrahim Boubacar Keita como Primer Ministro. Tres años bastaron para que su labor, inspirada en valores como el compromiso, la gestión responsable de los recursos y la transparencia en los objetivos, cayera en saco roto, y aun más, le costara el cargo. Puesto que sus iniciativas desafiaban intereses privados, financieros y políticos, fue acusada de malversación (“El nombre de la mujer”) y tuvo que abandonar la cartera que le había sido adjudicada, y a la que, dicho sea de paso, había accedido con más recelo que convicción. Entonces, si fue elegida para ser despedida, cabe preguntarse: ¿no se lo podrían haber ahorrado o sólo pretendían humillarla públicamente? Traoré expone sus conjeturas a este respecto posteriormente, en “Porto Alegre, la bien nombrada”: “Mi nombramiento en el Gobierno, en suma, era la mejor manera de sujetarme y de impedirme arrojar la duda en la mente de mis compatriotas. Ingenua, tardé tiempo en comprender este juego”.
Y es que en este juego donde se dirimen nada menos que cuestiones como la lucha contra la pobreza (“No nos engañemos: no somos pobres, sino empobrecidos y engañados”, matiza Traoré), las entidades financieras, las clases dirigentes de los países empobrecidos, y los países occidentales en calidad de gestores, promotores y patrocinadores de foros y cumbres, sólo están dispuestas a ganar, o lo que es lo mismo, a conservar el vigente orden mundial como oro en paño. Cada uno guiado por sus propios intereses concretos, naturalmente. En “La lección de Durban”, refiere Traoré que, con motivo de la Conferencia mundial contra el racismo, hubo sectores críticos al programa oficial que sugirieron equiparar el holocausto judío con la larga tradición criminal de Occidente respecto a África. De lo que se deduciría que aquél estaría obligado a reparar estos daños igual que obró con el pueblo judío. Y, en otro plano de interpretación más severo, se emparentaba la crueldad manifiesta del sionismo hacia los palestinos con el racismo consustancial de Occidente hacia los negros, entre otras etnias. Ofendido, la Administración norteamericana amenazó con abandonar la conferencia, esto es, con boicotearla de resultas de su ausencia, de no retirarse estas analogías que, para nuestro gozo, tanto evocaban a Aimé Cesaire en su “Discurso sobre el colonialismo”: “nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que un civilización que justifica la colonización y, por tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, mortalmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo.”.
Pese a las cortapisas que imponen los poderosos a las expectativas de foros y cumbres aun antes de su celebración, y a sus propias limitaciones congénitas, A. Traoré hace una defensa a ultranza de ellos (concretamente del Foro Social Mundial) en tanto en cuanto suponen un espacio de debate como ningún otro donde las injusticias encuentran una potente caja de resonancia. Sí es verdad que por ahora, los actores a un lado y a otro de la balanza apenas han variado sus posiciones. De una parte los numerosos países susceptibles de seguir empobreciéndose, de otra parte Washington, Bruselas, París y Londres marcando la pauta. Pero, con el objeto de que el nervio de su discurso no se difumine entre generalizaciones tópicas, grandes eventos, altas esferas y disquisiciones acerca del sistema económico mundial o la trata de esclavos, Aminata Traoré confronta estos gigantes con casos concretos como el de Altina (“El otro, tan lejos, tan humano”), una madre joven que pierde a sus hijos, y que encarna el rostro anónimo de las verdaderas víctimas silenciosas. Tan anónimas que no sólo figuran numéricos datos fríos en las estadísticas, sino que las mismas víctimas ignoran el origen de su desdicha (“El tormento de los muertos”). Traoré actúa del mismo modo al reivindicar el respeto y la igualdad de la mujer (“El nombre de la mujer”). Lejos de apelar a discursos y teorías de género, recurre a las enseñanzas de su madre: “(…) siempre me dijo que el nombre de la mujer es “soutoura”. Esta palabra nos remite a la vez al conocimiento, a la estima y al respeto de sí misma, que son las exigencias que debemos cumplir si queremos obtener el respeto de los demás, lo que desde el punto de vista de mi madre, es esencial para una mujer”.
Aminata Traoré pondera dos soluciones de distinta índole para encauzar el desaguisado en que se encuentra el continente africano. Una recuperación de la espiritualidad entendida como vínculo de unión entre los humanos que nos protegería de los tormentos mediante la ayuda y comprensión mutuas. La supresión incondicional de la deuda externa (a cuenta del incalculable montante debido a la trata de esclavos, etc.) por parte de los organismos externos, seguida de la implementación de ayudas públicas al desarrollo desde los gobiernos locales. La solución humanista es silenciosa, depende de la voluntad de todos y cada uno de los ciudadanos de este mundo; la solución económica, rimbombante y de escala cósmica, está en la mano de unos cuantos hombres con corbata. Y en nombre de todos los africanos, Aminata Traoré les ha dicho a la cara (¡qué menos!) que son unos sinvergüenzas y que saben muy bien lo que tienen que hacer para remediarlo.

Reproducido de la REVISTA AFRICANEANDO


Hay canela y amapolas
en la arena de mi mente
Pensamientos de algodón
alejados de la sangre
bailan mapas del amor...

Los buitres de la razón se han quedado sin pulso.

Doy por hecho que todas las frutas ausentes
llevan y llevarán mi memoria en su pulpa

Hoy no iré a orillas de la vía
con un rayo de muerte clavado en la sien
Hoy sorberé el sol hasta abrasar la cal
Beberé de tu vuelo para volar a salvo
allá donde los linces ya no me soñarán

Voy a hacer un mosaico que sólo tapará la lluvia de cenizas del último volcán

martes, 2 de agosto de 2011

La vieja Europa cada día más hermanada con Africa a pesar de la cicatriz que ahí dejó!



Ojos de danzas claras, de compases, de colores
y al fondo un rugir de ahogo...

Tengo atados los tobillos a los barrotes cromados
de la gente que me mata a golpe de compasión...

Os veo en blanco y negro entre la bruma acolchada...

Tengo atadas las muñecas al acero de tu alma...

Mi empeño es salir de aquí, aunque la calle esté muerta...

Resistir me ha agotado, pero aún me queda fuerza
para recibir la aguja que me inyecta su veneno,
mi pavor y tu locura...

Anhelo la luz del rojo, el brillo azul de la paz.
Anhelo la danza clara de tus ojos sin compás,
que se desgastan sin rumbo, serrados por flores muertas...

Aquí lo blanco deviene sudario de la locura
y lo negro se convierte en manto de la ternura...

Atada por las muñecas, me sacudo con furor,
y oigo rugir a la fiera del dolor de verse muerta...

Perdida en mi razón, herida,
lucho por mi libertad,
contra tu miedo y mi espanto.

Lucho con la voluntad
de dar amor al cromado
que perfora mis tobillos.

Atada de pies y manos,
me hiergo sobre las cumbres
de compases de colores,
de esperanzas de mil danzas...

Atada de pies y manos, me desvanezco al final,
me muero en un sueño dulce...

¿Para qué ya despertar si las calles están muertas y los ojos sin compás?



sábado, 23 de julio de 2011